EL PRÍNCIPE DE LOS LADRONES
Los ingleses, que siempre tuvieron una especial predilección por la piratería, tienen entre sus logros haber sido los pioneros de la biopiratería siglos antes de que se inventara el término. El chiste fácil es decir que Henry Wickham siempre fue un tipo elástico; el dato real es que, a pesar de que el Imperio Británico terminó convirtiéndolo en Sir, la reina Victoria nunca dejó de referirse a él como «un hombrecillo desagradable».
A los treinta años, Wickham ya había recorrido gran parte de Latinoamérica cosechando una colección impecable de fracasos. A Nicaragua llegó en busca de plumas de aves exóticas para vendérselas a los sombrereros de Londres. En Venezuela se perdió en la selva, casi se muere de malaria y se quedó sin un solo penique para volver. Tuvo la idea de instalar una plantación de caucho a orillas del Orinoco, pero la malaria y los insectos se lo comieron vivo. Tuvo que huir en canoa.
Pero la idea le quedó picando. Años más tarde volvió a la carga y se metió en el Amazonas brasileño acompañado por su madre, su esposa y varios familiares. El fracaso fue rotundo y con varias muertes en la familia. Tampoco se rindió. Volvió a meterse en la selva y llenó sus valijas con 70.000 semillas de Hevea brasiliensis, lo que en el barrio llamamos el árbol del caucho. Engañó a la aduana y las semillas de caucho desembarcaron en Londres.
Ese día el Amazonas empezó a correr peligro.
Las semillas no solo llegaron a Londres: llevaron con ellas la posibilidad de cultivar caucho lejos de donde había crecido. El Imperio Británico empezó a plantar en sus colonias asiáticas. En pocos años, el caucho dejó de ser un secreto de la selva brasileña y se convirtió en una mercancía mundial. Y cuando un producto se vuelve indispensable para la industria, siempre aparece alguien dispuesto a arriesgarse para no depender de otro.
Ese alguien fue un norteamericano exitoso. Un tal Henry Ford.
Harto de pagarle el caucho de sus neumáticos al precio que los británicos decidían, Ford mandó dos buques mercantes cargados con maquinaria y mobiliario a remontar el río Tapajós. Consiguió la concesión de dos millones y medio de hectáreas y prometió plantar un millón y medio de árboles. Pero no solo iba a extraer caucho: iba a fundar una ciudad.
En 1929 desembarcaron en la selva tractores, una locomotora, palas mecánicas, máquinas de hacer hielo y casas prefabricadas. Diseñaron la cuadrícula urbana, pavimentaron calles y levantaron dos barrios: uno para los ejecutivos estadounidenses —con agua corriente— y otro para los nativos. Había piscina comunitaria, escuelas, hospital, panadería, carnicería y un cine donde proyectaban películas de Hollywood. También organizaban bailes de salón, pero el alcohol estaba estrictamente prohibido, incluso dentro de las casas.
La ciudad se llamó Fordlandia y el desastre no tardó en llegar. Los tractores no se adaptaban a la tierra amazónica, el agua estancada multiplicó los mosquitos de la malaria, los estadounidenses no soportaban el calor sofocante y una plaga atroz exterminó los árboles de caucho.
Y también hubo rebelión de obreros que no aceptaban las condiciones laborales de Ford. Especialmente la dieta a base de avena y la prohibición del alcohol.
Fordlandia nunca produjo un solo kilo de caucho comercial. El proyecto de Ford terminó convertido en un pueblo fantasma devorado por la selva.
El otro Henry de esta historia, Wickham, ya había muerto cuando Fordlandia quedó desierta. Había seguido buscando fortuna de manera desesperada por Papúa Nueva Guinea y Honduras, no vio un solo centavo del contrabando que había cambiado la economía mundial y terminó solo en Londres.
Como Sir.
En Brasil le asignaron un título bastante menos noble: Príncipe de los ladrones.
Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.

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