LIBROS Y ANIMALES : dos antídotos contra los psicópatas y los inútiles con poder.
A veces nos perdemos en discusiones estériles: si Papá Noel y los Reyes Magos pertenecen al ámbito de lo religioso o si son apenas una coartada pagana, una maquinaria aceitada para empujarnos a consumir y a olvidar —aunque sea por unos días— todo lo demás: lo que duele, lo que falta, lo que nos quitan. Se habla de fantasía, de distracción masiva, como si la ilusión fuera siempre una forma de engaño.
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A mí, que no soy ni religioso ni pagano, esta época del año me resulta hermosa. Tal vez porque, en medio del ruido y la exageración, todavía se abren pequeños paréntesis donde es posible algo tan sencillo y tan raro como compartir una mesa, una risa, un momento de alegría con otros. Y eso —más allá de los credos, los símbolos y el marketing— no es poca cosa.
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Sabiendo lo que sucede en el mundo, resulta casi inevitable pensar que nos vendrían mejor más Reyes Magos que psicópatas al mando de países con arsenales nucleares capaces de convertir el planeta en cenizas en cuestión de minutos. No hay exageración ni fantasía en esa afirmación. Es una realidad incómoda, brutalmente real, en un tiempo en el que la fantasía no está en los cuentos infantiles sino en creer que tanto poder concentrado no terminará, algún día, por usarse.
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Por eso, para estas navidades —donde el escapismo se vuelve una necesidad básica— me permito hacer algunas sugerencias.
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La primera es simple y, a la vez, profundamente movilizante: entren en contacto con otros seres vivos del planeta. Con sus mascotas, si las tienen; con esos animales que, mientras nosotros celebramos, estarán aturdidos o huyendo de la tortura de la pirotecnia. Observarlos, acompañarlos, contemplarlos permite advertir —sin esfuerzo— cierta superioridad del reino animal.
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“Frente a la brutalidad del poder y la mediocridad de quienes lo ejercen, volver a los animales y a los libros no es una huida ingenua: es una forma mínima —y necesaria— de lucidez.”
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Yuval Noah Harari lo explicó con una crudeza difícil de refutar: “Somos a la vez los habitantes más inteligentes y los más crédulos del planeta Tierra. Los conejos no saben que E = mc² ni que el universo tiene unos 13.800 millones de años. Pero tampoco creen en fantasías mitológicas ni en absurdos ideológicos que han deslumbrado a incontables seres humanos durante miles de años. Ningún conejo habría estado dispuesto a estrellar un avión contra el World Trade Center con la esperanza de ser recompensado con 72 conejas vírgenes en el más allá”.📚
En nuestro hogar ya no tenemos perro. Nuestro queridisimo Black se marchó este año, después de acompañarnos durante más de quince. Ahora colaboro en el cuidado de palomas, benteveos, gorriones, zorzales. Y de un estornino que cada tarde me regala un pequeño espectáculo acuático. Mirarlos, escucharlos, me ayuda a tomar distancia de la idiotez que antes me enojaba. Sospecho que ahora observo con más profundidad y disfruto más cuando escribo.
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Mi segunda recomendación es leer. Menos indignación, menos streaming y más lectura. Un libro pone el cerebro en marcha: exprime la imaginación, ejercita la memoria, activa conexiones, libera emociones y permite entender —un poco mejor— el mundo y a los otros.
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¿Qué libro leer? La respuesta más sencilla es cualquiera que te guste. Y si no sabés cuál, probá, equivocáte, buscá. La lectura también es eso: un tanteo, un error, un camino que se arma mientras se anda.
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Cuando no encuentro, vuelvo a los de siempre: Borges, Cortázar, Soriano, Forn, Arlt, Bioy Casares, García Márquez, Chirbes, Vargas Llosa, Hernández. Y sí: Caparrós y Guerriero. Y también Kapuściński. Volver a ellos no es repetirse: es afinar la mirada, recordar que quienes nos conmovieron con su literatura siguen diciendo cosas nuevas incluso cuando ya creíamos haberlas entendido.
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En un mundo gobernado por psicópatas con poder y con inoperantes ocupando cargos cuya seriedad no logran ni rozar, exhibiendo una incompetencia tan visible como ridícula, los libros y los animales aparecen como dos formas de escape tan modestas como eficaces. No corrigen el mundo, pero ofrecen algo indispensable: un refugio desde el cual mirar con un poco más de lucidez y bastante menos ruido.
Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.
Gracias a quienes leen, comparten y acompañan.

Volviste.. se extraña al único que no pauta con los que gobiernan
ResponderEliminarDe regreso el que no se calla
ResponderEliminarSicoff pegale a maglia y no te has el poeta
ResponderEliminarSe lo extraña....mucha tibieza sin su presencia
ResponderEliminarPégale al chancho para aque aparezca el dueño .
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