UN JOVEN PINTOR RECHAZADO

UN JOVEN PINTOR RECHAZADO

Adolf Hitler camina con su paso marcial y se sube a la tarima. Su mirada queda fija en la multitud pero esa mirada tiene la frialdad de un ave rapaz que sabe que le espera la gloria. El puño de su mano izquierda se cierra y sube fuerte hasta chocar en el torso. En el corazón. Se queda fijo ahí, apenas arriba de una cruz de hierro. Atrás de él están sus lugartenientes, muchos de ellos vestidos con camisas negras; en el fondo banderas rojas con círculos blancos y en el medio la cruz esvástica. Enfrente de Hitler, atrás de una enorme valla formada por jóvenes rapados, la masa se extiende hacia el infinito. La imagen es potente, entonces el hombre del bigote chico mira para arriba y ve que en el cielo, que hace instantes estaba cubierto de nubes, aparece un enorme rayo de sol que cae directamente sobre él.

Seguramente en ese instante Hitler no está pensando en qué va a decir. Debe estar pensando en pinceles y óleos y en su mente se está dibujando el cuadro de ese momento porque después de todo él es un artista, no un político. O eso había querido ser.

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Tenía dieciocho años cuando llegó a Viena con una carpeta de dibujos bajo el brazo y la certeza de que la Academia de Bellas Artes lo estaba esperando. No fue así: el tribunal de admisión rechazó su solicitud dos veces. La segunda vez le explicaron, con la amabilidad de los que saben que están destruyendo un sueño, que sus pinturas mostraban talento. Pero para otra cosa, no para las bellas artes. Hitler guardó la carta y siguió pintando.

Durante años vendió acuarelas en las calles de Viena y Munich para pagar el alquiler. Paisajes urbanos, edificios, iglesias, alguna naturaleza muerta. Nada de figuras humanas: en la Academia le habían señalado que sus personas eran rígidas e inexpresivas. Hitler aceptó la crítica a su manera y las eliminó de sus cuadros. Pintó ciudades vacías, arquitecturas sin habitantes, mundos perfectamente ordenados donde no había lugar para las personas. Produjo casi dos mil obras. Muchos de sus compradores eran judíos.

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Años más tarde, cuando el mundo ya sabía exactamente quién había sido Hitler, aquellas acuarelas empezaron a reaparecer en las casas de subastas. Algunas alcanzaron cifras desorbitadas. No por la calidad de los cuadros, sino por la monstruosidad de la firma.

En algún archivo de la Academia de Bellas Artes de Viena debe quedar el expediente con los dos rechazos, fechados y firmados por el tribunal que decidió que aquel joven aspirante a pintor de dieciocho años no tenía el talento suficiente para estudiar allí.

Ese expediente no se ha subastado todavía.

Pero es probable que valga mucho más que todas las acuarelas juntas del artista al que el mundo le pagó demasiado caro el haber dejado los pinceles.

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Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.

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