LAS MUJERES QUE NO CONOCEN EL FRÍO
❄️ Las mujeres que no conocen el frío ❄️
Claudia me hizo acordar de golpe a Daeng. Esa mujer tailandesa, madre de cuatro hijos, que, según el padre de turno, salían budistas o musulmanes, sin que a ella le importara demasiado el detalle doctrinal. Un día, en el extremo más olvidado de Koh Samui —ese lugar donde los extranjeros casi nunca pisan, o casi nunca pisaban—, le preguntó a Leila Guerriero cómo era el frío. Porque Daeng solo conocía el calor. Ese calor que no se va nunca, que se te pega a la piel como una segunda patria.
Claudia, en cambio, nació en Bucaramanga. Bajo un sol que no entiende de estaciones. En 2002, cuando todavía el 2001 argentino dolía como una costilla quebrada, llegó un rosarino con la valija llena de nada y los ojos llenos de todo lo que había perdido. Había probado suerte en Italia, pero las calles de Europa no le dieron refugio y se convirtió en un náufrago; terminó recalando en esa ciudad que lo abrazó sin preguntar ni preocuparse por su historia.
Entró a un café. La vio reír. Esa risa que tienen las mujeres que no necesitan permiso para estar vivas. Se sentó. Habló de un país que lo había dejado en la calle. Ella escuchó. De esas conversaciones nació un amor. Un hijo. La ilusión de una familia que pudiera pisar firme en algún lado.
Pero Colombia no los quiso del todo. Cuatro años de puertas que se cierran con la misma educación con que se abren en otro lado. Laberintos de papeles, permisos, trabajos que siempre eran para otro. Cada rechazo era un eco del fracaso argentino, decía él, mientras Claudia mecía al chico y miraba por la ventana ese cielo que nunca cambia y que, sin embargo, parecía prometer siempre otra cosa mejor.
Al final se fueron, claro. Porque a veces el amor no alcanza para ganarle a la burocracia ni al mercado.
El viaje en colectivo duró siete días. Siete días de traqueteo, de caminos polvorientos que se extendían como venas de tierra entre fronteras. Con monedas contadas. Con el peso de la incertidumbre colgando del pecho.
“El niño dormía en mis brazos, y el paisaje cambiaba del verde al gris, del sonido de la selva al silencio de la carretera.”
Cada curva, cada loma, era un recordatorio de que nada de lo que venía iba a ser igual.
En mayo de 2007 llegaron a nuestra aldea. O por ahí. Los recibió un frío que Claudia nunca había sentido.
Claudia, como Daeng, se preguntaba qué era el frío. Ahora lo conocía. Y a veces eso alcanza para saber en qué parte del mundo estás parado.
El viento helado era un idioma nuevo. Uno que no sabía hablar.
Y vino. Vinieron. Construyeron un hogar. Una casa donde el mate y las arepas se encuentran, en charlas donde se mezclan el “che” con el “pues”, el café con el mate.
Y entonces uno piensa, inevitablemente, que la patria no siempre es un lugar. Que a veces es el olor del café, el abrazo de los hijos, la calidez que uno lleva consigo mientras aprende a hablar otro idioma, mientras aprende a caminar otras calles, mientras aprende a no olvidar de dónde viene.
Y también que, a veces, el amor no basta. Pero a veces, el amor alcanza para que el frío sea soportable, para que el trayecto se haga memoria, para que, al final, se pueda mirar atrás y decir: vivimos.
Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.
Gracias a quienes leen, comparten y acompañan.

Excelente !
ResponderEliminarHermoso texto....cómo el de cada domingo.
ResponderEliminarFabuloso
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