EL SILENCIO NO ES SALUD

El silencio no es salud

Ayer pasó eso que siempre pasa cuando el Estado decide mirar para otro lado: encontramos un cuerpo. Se llamaba Benjamín, tenía 19 años y su familia llevaba casi una semana buscándolo. Lo buscaban ellos, claro, porque la Justicia tenía cosas más importantes que hacer. El padre intentó hacer la denuncia en la comisaría el sábado, y otra vez el domingo. La respuesta fue no. El protocolo, ese fetiche de los funcionarios, se activó tarde, cuando el tiempo ya era un lujo que la familia no tenía.

Mientras tanto, la comunidad hacía lo que la institución negaba: moverse. El reclamo se hizo marcha en San Martín y Eva Perón. Pero ayer a las cinco de la tarde, los padres de Benjamín no estaban para discursos; les había llegado el rumor de una pista en el monte Celulosa. Hacia allí también fue un grupo de vecinos. Para las seis y media o siete de la tarde, el paisaje de la zona de El Espinillo ya contaba con el azul de los patrulleros. Y se empezaron a escuchar gritos desgarradores que la televisión a veces usa de cortina musical, pero que en el lugar, rompen el alma.

Lo más fascinante —por llamarlo de algún modo piadoso— fue el comportamiento de la prensa local y regional. Una sinfonía de silencios. Cuando el secreto a voces se volvió ensordecedor, algunos portales se dignaron a publicar notas apuradas que, minutos después, borraban o editaban con una velocidad indigna. El colmo de la impericia periodística llegó cuando empezaron a sembrar dudas sobre si el cuerpo existía o era un invento. A muchos parece que la realidad casi siempre les resulta incómoda.

Pasadas las ocho, Canal 3 transmitía en vivo lo inevitable: el estallido. Vecinos indignados, allegados enardecidos, piedrazos, un auto envuelto en llamas y las fuerzas de seguridad en el medio, estupefactas ante la furia que ellos mismos sembraron. En el revoleo, al equipo de exteriores de Telenoche le pincharon las ruedas del auto mientras salían al aire.

Recién cerca de las diez de la noche, los medios rosarinos se animaron a confirmar la muerte. Llegaron tarde: para esa hora, Crónica, Infobae, Cadena 3 y La Voz del Interior ya lo habían publicado a los cuatro vientos. Queda flotando en el aire una pregunta espesa, de esas que molestan: ¿qué hubiera pasado si los medios de Buenos Aires y Córdoba no encendían las luces? ¿A qué le temen los cronistas del pago chico?

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Hoy, ahora, la estrategia es tan vieja como eficaz: culpar a los sospechosos de siempre para proteger a los intocables de siempre. Volvió el deporte nacional de estigmatizar la pobreza, esa de los que ni siquiera tienen un techo donde caerse muertos. Pero sobre la otra pobreza, la ética, la de los que contribuyen al caos negando información para proteger a vaya a saber quién, sobre esa nadie dice una palabra. El silencio es salud, decían antes; ahora es conveniencia.

Tampoco nadie se anima a hablar de los lúmpenes marginales de la política. Esos que, habitando el mismo espacio que debió haber impulsado las investigaciones, prefirieron sobrevolar la tragedia como buitres, buscando carroñear algún rédito político con el dolor de una familia destrozada y de una comunidad que exige respuestas. El oportunismo también tiene su ropaje militante.

Los medios, los parásitos, los funcionarios, los candidatos de turno; todos juegan con una ventaja fenomenal: saben que todo pasa. Confían en que, en este país de urgencias, nadie se acordará de nada la semana que viene. Y lo peor, lo verdaderamente trágico, es que tienen razón.

La prueba es inmediata, obscena. Esos mismos que ayer dejaban comentarios enfurecidos en las redes sociales de los portales locales, acusándolos de mentir, de tapar, de operar, ahora escriben mensajes compungidos, llenos de un pésame prefabricado y un acompañamiento de cotillón.

Ya se olvidaron. Les tomó apenas unas horas cambiar la indignación por el simulacro de la empatía. Y la rueda, impecable, vuelve a girar.

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Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.

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