DOS SOLEDADES
DOS SOLEDADES
Decís “poncho al viento”, decís Don Ata, decís folklore, y a la mayoría de los argentinos se le aparece la misma imagen: Soledad Pastorutti cantando como si el país entero le saliera por la voz.
En 1996, con 16 años, La Sole fue la revelación del Festival de Casquín. Desde entonces empezó eso que llamamos una carrera, una manera elegante de decir que no volvió a parar. Todo velocidad.
Pero hubo otra Sole.
De la que lo que más impacta de su vida es su muerte.
En 1997 llegó a Turín y en 1998 la detiene la policía italiana: acusada de integrar los Lupi Grigi, nombre que el Estado italiano inventó para el relato de la prensa.
Se llamaba Soledad Rosas. Había nacido en Buenos Aires. Se educó en una escuela de Barrio Norte, practicaba equitación en la casa de fin de semana en Pilar, tenía un título de hotelería bajo el brazo y cinco idiomas en la punta de la lengua. Y una declaración de principios: decía que era apolítica. Los padres, para premiarla, le regalaron un pasaje de ida y vuelta a Europa. Rito de pasaje, creyeron. No sabían que algunos viajes solo tienen una sola dirección.
Una tarde, con una amiga, buscaban cama donde dormir y terminaron en Asilo, un centro social okupado de Turín. La Sole miró ese desorden de desobediencia y sintió que, por primera vez, no tenía que administrar nada ajeno. Solo su libertad. Se quedó.
Después vino el otoño y con él Edoardo «Baleno» Massari. El amor. Para quedarse, para ser legal, se casó con Luca Bruno: un trámite de papeles que le permitió poner el cuerpo contra los trenes de alta velocidad que pretendían cortar los Alpes.
En octubre se instalaron en una vieja morgue abandonada en Collegno. Eco de locos y muertos, sin luz ni agua; el invierno entraba por las grietas como un cuchillo. Apenas paredes, una mesa de disección y ellos tres —Sole, Baleno y Silvano, un compañero de ruta— intentando hacer vida ahí.
Lo que no sabían, mientras tiritaban de frío, era que en el auto de Silvano dormía un micrófono de los servicios secretos italianos.. El poder siempre tiene un oído atento: es su único órgano que nunca descansa.
La geografía, cuando se pone absurda, tiene estas cosas: Sole andaba por Buenos Aires, Baleno en una celda italiana, Silvano respirando el aire aséptico de Ginebra. Para la policía, sin embargo, los tres estaban en el mismo país militando activamente en los Lupi Grigi: esa organización fantasma con resonancias de estepa y peligro, diseñada para que los editores se relamieran con los titulares mientras la realidad, como siempre, pasaba por otro lado.
El 5 de marzo de 1998 el Estado decidió que ya había escuchado suficiente. Esa mañana los uniformados entraron en Collegno sin apuro y sin estruendo, como si supieran que nadie iba a resistirse. No era una fortaleza lo que encontraron sino un edificio húmedo, con olor a encierro viejo y papeles apilados sobre una mesa larga.
Las etiquetas que les colgaron pesaban más que las esposas: asociación subversiva con fines de terrorismo, atentado contra el orden democrático. Palabras demasiado grandes para tres cuerpos flacos. La policía aseguró que en Collegno había un arsenal, una artillería lista para la guerra. Los fusiles nunca aparecieron. El relato, en cambio, sí.
Mientras estaban encarcelados, las calles de varias ciudades se llenaban de marchas. Pedían la libertad de los tres. Sole y Baleno se escribían cartas largas, apasionadas, llenas de una obstinación casi doméstica: aguantar, no ceder, esperar. Separados por rejas y paredes, se cruzaron una sola vez sin vidrio de por medio, en un pasillo de tribunales. Fue un abrazo breve, vigilado.
El 29 de marzo Baleno apareció ahorcado en su celda. El Estado habló de suicidio. Tenía veintiséis años.
En el funeral no hubo silencio. La gente caminó detrás del cajón con los puños en alto. Los jueces y algunos diarios quedaron señalados como parte de una historia que parecía escrita de antemano. Después vinieron los gases, los palos, las detenciones. Lo de siempre.
Desde la cárcel, Sole escribió un comunicado. No pedía clemencia. Repartía responsabilidades. “La rabia me domina”, decía. Señaló al TAV, a los abogados, a esa “sociedad de esclavos” que acepta el sistema como si fuera el clima. Contó la cárcel sin metáforas: para leer un libro había que pedir permiso por escrito; para caminar unos metros, esperar la orden. De Baleno no habló como de alguien vencido. Dijo que había decidido cuándo dejar de sufrir.
Con el argumento de “protegerla”, la aislaron. Le quitaron las frazadas y dejaron un guardia a pocos metros, día y noche. Ni siquiera pudo llorarlo a solas.
En mayo le concedieron el arresto domiciliario en una granja de Bene Vagienna. Hasta allí llegaron amigos y familiares desde Buenos Aires. Traían un pasaje de regreso y una salida posible: volver a casa, decir que todo había sido un error, que se había dejado arrastrar. La historia estaba lista para ser contada así.
Sole escuchó. Después dijo que no. El pasaje quedó sobre la mesa. Se quedó en Italia.
La noche del 11 de julio, Soledad Rosas caminó hasta el baño de la granja y ató una sábana a la reja. Tenía veintisiete años.
Después vinieron las preguntas. Si fue por amor. Si fue por política. Si una cosa y la otra pueden separarse cuando todo alrededor se ha vuelto una celda.
Lo más increíble no es la desmesura, sino la inercia: tres décadas después, el TAV —Treno ad Alta Velocità—, ese tren fantasma que debía coser Lyon con Turín perforando el Fréjus, sigue siendo una promesa de cemento que nadie termina de cumplir. En Italia se siguen gritando los mismos argumentos ambientales y políticos, como si el tiempo se hubiera quedado estancado en ese túnel que no llega a ninguna parte.
Es la vieja comedia del progreso: mientras el mundo se llena la boca hablando de futuro, hay vidas que se pierden en el doblez de la historia porque resultan demasiado incómodas para la memoria. Al final, lo que queda no es el acero ni la alta velocidad, sino ese rastro de resistencia que se pierde en el olvido. Porque recordar duele, y el progreso, a veces, no es más que un nombre elegante para el olvido.
Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.
Si querés saber más sobre la historia de Soledad Rosas, podés leer "Amor y Anarquía" de Martín Caparrós.
El libro lo podés conseguir en El Paraná Libros (@elparanalibross) y en Biblos (@biblosok).
Si vas de mi parte, te dan un beso y un abrazo
Gracias a quienes leen, comparten y acompañan.

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