EL SILENCIO DEL MONTE
EL SILENCIO DEL MONTE
Imaginen la estación de Villa Berthet, en el Chaco profundo. Son las dos de la mañana de un enero de 1940. El aire es una pared de calor que no deja pensar. Un jinete hace señales con una linterna para que el tren reduzca la marcha en medio de la nada. Hace apenas quince días que Jacinto Berzón, el encargado de una estancia, había sido secuestrado.
Detrás del primer jinete aparece otro, también vestido de negro, como si la oscuridad necesitara refuerzos. Cuando el tren aminora, desde una ventanilla vuela un paquete. Pero al acercarse ven que solo son recortes de diarios. Entonces una bengala rompe el cielo y vuelve la noche día: una luz cruda, policial, que les avisa que la única posibilidad de huir es hundirse en el monte y no mirar atrás.
De pronto el silencio se rompió. Las Mauser, las Ballester Molina y hasta una Colt 7,65, agazapada bajo una lona en un vagón playo, empezaron a escupir plomo sobre todo lo que tuviera sombra. No hubo advertencia. Uno de los jinetes se desplomó. Herido. El otro, con una bala quemándole la cadera, logró arrastrarse entre el humo y los gritos hasta que el monte se lo tragó.
El Chaco todavía no era provincia cuando nació el mito. Hablamos de ese vengador de monte y estero que se le plantó a La Forestal, el monopolio inglés que se llevó el quebracho colorado y dejó desierto a su paso. Pero no solo contra ellos: también contra Bunge y Born, Dreyfus y los dueños de estancias con nombre de prócer, a quienes acusaba de algo tan viejo como el mundo: usar al obrero hasta que no sirviera ni para sombra.
Segundo David Peralta había nacido el 3 de marzo de 1897 en Monteros, Tucumán. Como sus hermanos, fue a la escuela, pero a los trece años ya estaba metido en una imprenta. Allí, entre el olor a tinta y el plomo de los tipos móviles, se hizo obrero gráfico y se dejó ganar por las ideas anarquistas. Era un destino marcado por el papel y la pólvora.
Usó muchos nombres falsos, pero tuvo un solo alias: Mate Cosido. Dicen que todo empezó por un enredo con la mujer de un comisario, una de esas historias de pueblo que terminan en celda y paliza reglamentaria. Uno de esos golpes, seco y con un palo, le partió el cuero cabelludo. La cicatriz le dio el apodo con el que entraría en la historia.
Peralta era un bandido intelectual. Leía todo lo que caía en sus manos con la misma voracidad con que escuchaba las historias que le alcanzaban peones, prostitutas o policías corruptos, y planificaba cada golpe con la frialdad de quien arma una página en la imprenta. La Gendarmería Nacional fue creada para cazarlo.
Después de la encerrona en Villa Berthet, el rastro se cortó en seco. Hubo quienes lo vieron en Asunción, en Buenos Aires, y quienes aseguraban que seguía hundido en el monte chaqueño, pero ninguna de esas sombras resultó ser él. Mientras tanto, la revista Ahora hacía caja con sus andanzas. Dos meses y medio más tarde, desde la clandestinidad, el propio Peralta se tomó el trabajo de corregir sus crónicas.
“Estoy enterado de la oferta de dos mil pesos que la Gendarmería promete por mi captura”, escribió. “Pobre recurso de fracasados; eso es lo mismo que hacer confesión de incompetencia. Lástima que mi detención haya sido cotizada a tan bajo precio; yo creía que a estas horas mi vida valía mucho más”.
Se despidió burlándose del capitán que anunciaba su caída inminente: si lo atrapaban por cansancio y no por inteligencia, no habría gloria en el triunfo. “La contestación la dejo trunca para que el futuro establezca quién tiene razón”.
Fue la última vez que el mundo supo de él.
El resto es el silencio del monte
o la prolijidad del olvido.
Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.

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