LA MÚSICA DE LAS LATAS

LA MÚSICA DE LAS LATAS

Se dice que a Sergio Paz le decían “Tachi” porque de chico, en algún rincón de Rosario, era capaz de sacarle música a cualquier lata que encontrara. Tenía esa habilidad. Quizás por eso —o quizás porque sabía que más allá del río Paraná estaba el mar— a los quince años se alistó en la Armada.

A los diecisiete ya estaba embarcado en el destructor Seguí. Después pasó por el portaaviones 25 de Mayo. Tenía veinte años y era cabo artillero cuando lo mandaron a Malvinas. Cambió las latas por un fusil y cumplió los veintiún años entre el frío, las balas y el barro de las islas.

Volvió vivo. Pero la guerra no siempre termina cuando termina la guerra.

Hay una estadística que suele circular por lo bajo. En Malvinas murieron 649 argentinos. En los años que siguieron, cerca de 400 excombatientes se suicidaron. De los caídos nos acordamos cada 2 de abril. A veces también el 20 de junio. Los otros 363 días del año pasan bastante más en silencio.

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La guerra de 1982 empezó en las islas. Pero había empezado antes. En 1976. Acá cerca. En el Segundo Cuerpo de Ejército, en Rosario, donde había asumido la comandancia el general Leopoldo Fortunato Galtieri.

Galtieri no estaba solo. Nunca lo estuvo.

El que sí estuvo bastante solo fue el Tachi.

En los noventa, mientras gran parte del país celebraba con pizza y champagne y compraba licuadoras en cuotas, en una fiesta de vidrieras brillantes, el Tachi Paz caminaba Rosario buscando un trabajo que no aparecía nunca. Era un "enfermo contagioso" para un sistema que quería olvidar la derrota. Ni el culto evangelista ni los rezos lograban acallar el ruido de las bombas que todavía le sonaban adentro.

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El 22 de noviembre de 1999, el Tachi dejó el celular prestado, las llaves y la agenda. Se subió a un colectivo, caminó por la peatonal Córdoba y llegó al Monumento a la Bandera. Subió los veintitrés pisos. Forzó una reja. Miró el río de su infancia una última vez y saltó.

Cayó cerca de la efigie de la Patria Abanderada. Dicen que cuando lo encontraron, el cabo artillero que sabía hacer música con latas tenía la mano derecha cerrada con fuerza. Adentro, apretada contra la palma, estaba la foto de sus hijos.

Estaba esperando una pensión de doscientos cincuenta pesos.

Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.

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