La vida de un verdugo
La noche del 12 de julio de 1955, Albert Pierrepoint decidió que iba a renunciar a uno de sus trabajos. No al del pub Help the Poor Struggler, donde pasaba los días atendiendo a parroquianos que conocía de memoria. Iba a renunciar al otro: el que venía de familia. La dinastía había empezado con su abuelo, el viejo “Old Harry”, siguió con su padre Tom y ahora iba a terminar con él.
Albert había nacido en la primavera de 1905 en Clayton, un rincón de Yorkshire. Fue el primero de cinco hermanos y creció bajo la sombra de Henry, un padre que saltaba de empleo en empleo porque siempre encontraba más interesante el fondo de una botella que la puerta del trabajo.
A diferencia de su abuelo y de su padre, Albert logró fama internacional. Pero esa noche su mundo se llenó de preguntas. Prefería cantar con algún amigo en la barra del pub antes que seguir cargando el secreto de un oficio que ya lo había cansado.
La excusa llegó en enero de 1956. Lo convocaron para un trabajo en Manchester. Albert llegó con tiempo de sobra, hizo los cálculos, preparó las herramientas. Le cancelaron el trabajo. Días después fue a cobrar los gastos del viaje y sus honorarios. Sólo le pagaron los viáticos. El argumento fue simple: no correspondía el pago. Albert protestó. No sirvió de nada. Entonces renunció.
Para entonces ya era el verdugo más famoso de Inglaterra. Había cumplido el sueño que anotó a los once años en una composición escolar: “Quiero ser el Verdugo Oficial como mi padre”. Pierrepoint no era un sádico: era un profesional. Anotaba en un cuaderno los detalles de cada ejecución y se enorgullecía del trabajo bien hecho. En 1951 alcanzó su mejor marca: siete segundos tardó en ahorcar al preso James Inglis. En lo suyo era, sin discusión, el número uno.
Viajó a Alemania para ocuparse de los trece condenados de Bergen-Belsen, entre ellos el comandante Kramer y esa chica de veintidós años llamada Irma Grese, a quien la prensa bautizó como “la Bella Bestia de Auschwitz”. El mariscal Montgomery anunció su llegada a los diarios como si presentara a una estrella de cine, pero a Pierrepoint no le gustó tanta publicidad. Creía que un buen trabajo se hace con discreción y en silencio. Era tan metódico en eso que, al publicar su autobiografía, dedicó el libro: “A Anne, mi mujer, que durante cuarenta años nunca me hizo preguntas. Le agradezco su lealtad y su discreción”.
Cuando se dictaron las sentencias en Núremberg, nadie dudaba de quién debía ser el encargado de las ejecuciones. Pero los norteamericanos no estaban dispuestos a ceder protagonismo. Eligieron al sargento amateur John Woods, un texano que no estaba a la altura. El resultado fue una carnicería burocrática. El diseño de la horca era defectuoso, la trampilla angosta y los cálculos de caída un desastre. La mayoría de los jerarcas nazis no murieron por la rotura del cuello sino por asfixia, tras golpearse la cara contra el borde de madera.
Uno de sus casos más complejos fue el de James Corbitt, un cliente habitual de su pub, un tipo al que todos llamaban “Tish”. Habían cantado juntos incontables noches. Cuando lo subió al patíbulo, Pierrepoint lo llamó por su nombre. Pero no permitió que la memoria o la amistad se entrometieran en el procedimiento. El trabajo se hizo rápido y sin ruido. Pierrepoint nunca mostró remordimiento. Lo suyo era solo un trabajo.
En 1955 ahorcó a Ruth Ellis, la mujer que había matado de cuatro tiros a su pareja. Fue la última mujer ejecutada en Gran Bretaña. Meses después dejó el oficio para siempre. En 1976 publicó su autobiografía. Allí contó los detalles de su técnica: los cálculos de peso, altura y complexión con los que determinaba la longitud exacta de la soga para evitar sufrimiento innecesario. Tenía más de cuatrocientas ejecuciones en su haber. Pero en esas páginas terminó declarándose en contra de la pena de muerte.
Albert Pierrepoint, que había apurado tantas muertes ajenas, vivió la suya con parsimonia. Se fue apagando de a poco, como un fósforo. Murió de viejo en un geriátrico, en 1992. Tenía 87 años.
El tiempo fue su verdugo.
Y lo hizo esperar.
Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.
Gracias a quienes leen, comparten y acompañan.

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