Las coincidencias engañan
Hay una mujer de proporciones generosas que le enseña a leer a un niño junto a una ventana. Afuera el mundo sigue su curso: autos, carros, vendedores, el ruido espeso del Río de Janeiro del siglo XIX. El chico que deletrea las primeras palabras se llama Joaquim Maria Machado de Assis. Hijo de dos mulatos libres que se ganaban la vida pintando casas y lavando ropa ajena, se quedó huérfano demasiado pronto. Su crianza, entonces, quedó en manos de esa mujer, María Inés.
No pisó mucho la escuela: prefirió, como la mayoría de los que vienen de abajo, arreglárselas solo. Cuando tuvo la altura suficiente para asomarse sobre el mostrador, entró a trabajar en la panadería de Madame Guillot. Ahí, entre el calor del horno y la medida justa de la harina, aprendió dos cosas: a hacer la mejor baguete de Brasil y a descifrar y traducir el francés.
Pero lo suyo no era el pan, sino la letra de molde. Pasa por la Imprensa Nacional, trabaja como revisor de pruebas en la editora de Paula Brito y, de a poco, se convierte en todo: poeta, periodista, burócrata y escritor. En 1881 publica Memórias Póstumas de Brás Cubas.
La novela tiene un detalle extraño: la cuenta un muerto. Desde el más allá, el narrador recuerda su vida con una ironía tan fría que, para la época, parecía un truco literario imposible. Joaquim Maria Machado de Assis inventó en Río una forma de narrar que estaba adelantada medio siglo al resto del continente. Y durante mucho tiempo nadie pareció darse cuenta. O casi nadie.
Faltaban dieciocho años para que en Buenos Aires naciera Jorge Luis Borges. Borges nunca mencionó ese libro, pero hacia 1940, en algún lugar de Palermo, aparecería algo inquietantemente parecido. Ya saben cómo era Borges con estas cosas: decía que el plagio era una superstición moderna y que la originalidad absoluta no era más que una fantasía. En uno de sus prólogos llegó a decir algo todavía más provocador: que un buen escritor no copia, corrige.
Muchos años después de su muerte ocurrió algo que, de haber estado vivo, tal vez lo habría divertido. Un escritor argentino llamado Pablo Katchadjian decidió hacer un pequeño experimento: tomó El Aleph y lo “engordó”. No lo reescribió; simplemente le agregó páginas, como quien injerta ramas nuevas en un árbol viejo. El juego terminó en tribunales porque María Kodama, heredera de la obra de Borges, lo llevó a la justicia.
Se discutió durante años si era una travesura o un delito. La justicia dijo que no era delito, pero la pregunta quedó flotando: ¿qué habría pensado Borges de todo aquello? Probablemente se habría encogido de hombros. Porque muchas de las cosas que hoy reconocemos como "borgianas" —el narrador que desconfía de sí mismo, las bromas eruditas, la literatura que se mira al espejo— ya estaban en los libros que aquel hijo de pintores de casas publicó en Río cuando en Buenos Aires ni siquiera se soñaba con los laberintos.
Es curioso: Machado escribió cuentos donde el narrador duda de su propia historia décadas antes de que Borges hiciera de eso una marca registrada. Incluso usó ese humor seco, casi cruel, para hablar del acto de escribir. Demasiadas coincidencias para un solo continente.
Machado de Assis murió en 1908. Ese año, Borges tenía nueve años y vivía en Palermo. Todavía no sabía que iba a inventar un universo, o que quizás ese universo ya había sido inventado por un aprendiz de panadero que leía en francés mientras esperaba que salieran las baguettes.
La literatura está llena de coincidencias.
Algunas empiezan en Río de Janeiro
y terminan en Palermo.
Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.
Gracias a quienes leen, comparten y acompañan.

Comentarios