SOLO UN PARTIDO DE FÚTBOL
La imagen es apenas una mancha de niebla. No se sabe bien si es la humedad de la noche o el humo de la villa. La casa de la calle Azamor al 523 tiene techo de chapa y piso de tierra. Toda la familia se sienta alrededor de la mesa. La madre sirve los platos, espera unos segundos y empuja el suyo hacia el centro.
—Me duele el estómago —dice.
El plato desaparece enseguida. Se lo come uno de los chicos. Pelusa.
De Villa Fiorito lo sacó la pelota. Lo llevó a Barcelona, a Nápoles, a las mansiones, a las tapas de los diarios del mundo entero. Pasaron los años antes de que Pelusa entendiera que a su madre nunca le había dolido el estómago. Aquello de empujar el plato hacia el centro de la mesa diciendo "me va a hacer mal" era el único truco que conocía la Tota para multiplicar la comida.
El 22 de junio de 1986 hacía un calor insoportable en el Estadio Azteca. Casi ciento quince mil personas esperaban el partido contra Inglaterra. La noche anterior había sido rara. Maradona casi no habló. Cenó temprano y se encerró en su habitación. No puso música. No hizo bromas. Uno de sus compañeros lo encontró de madrugada apoyado en el balcón del hotel.
— ¿Estás bien?
Diego sonrió.
—Andá a dormir.
Había sido un día tan complicado que hasta la camiseta azul se había convertido en un problema. Con la que tenían que jugar era tan pesada que parecía estar hecha para cocinar jugadores en lugar de vestirlos. Hubo que salir a recorrer negocios de la Ciudad de México hasta encontrar unas camisetas livianas. No tenían escudo. Tampoco números reglamentarios. Hubo que bordar los emblemas, coser los números plateados destinados al fútbol americano y terminar todo antes del partido.
A la mañana siguiente fue el primero en levantarse. Empezó a despertar al resto. Cuando salieron al túnel, caminó delante de todos. Serio. Con la mirada clavada en los ingleses. Sonaron los himnos y entonces se dio vuelta hacia sus compañeros.
—Vamos, eh... Vamos, que estos hijos de puta mataron a nuestros pibes. A nuestros amigos. A nuestros vecinos. No podemos perder.
Cuatro años antes habían muerto setecientos cuarenta y nueve argentinos en Malvinas. Setecientos cuarenta y nueve muertos. Chicos de dieciocho años que habían peleado con armas de museo, sin comida, sin abrigo y abandonados por los que los habían mandado.
Lo que pasó después lo vio el mundo entero. Maradona saltó junto al arquero inglés Peter Shilton y la pelota terminó dentro del arco. Los ingleses protestaron. Medio planeta todavía protesta.
Después vino el segundo. Cinco ingleses quedaron desparramados en el camino antes que la pelota entrara al arco. Nadie discute ese gol pero muchos no pueden dejar de hablar del primero.
El problema nunca fue la mano. Diego hablaba de otra cosa.
Años después, Diego diría que jugar ese partido fue como defender la bandera. También dijo que sintió que estaban defendiendo a los soldados muertos y a los sobrevivientes. Que en las islas no tenían ni cañones de chocolate.
Muchos le respondieron que solo era un partido de fútbol.
Mientras tanto, en alguna villa miseria sigue habiendo una mamá que dice "me duele el estómago" para que sus hijos puedan comer un poco más. Hay partidos que empiezan mucho antes del silbato del árbitro. Hay chicos para los que una camiseta inglesa nunca termina de ser solamente una camiseta.
Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.

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