EL VENENO DEL REY
Estoy sentado en un café de barrio, con un libro y un café doble apenas cortado, mientras la lluvia cae lenta sobre la ciudad. Miro alrededor. Las paredes están llenas de leyendas escritas con tiza y aerosoles furiosos. La moza va y viene y una chica detrás de la barra hace malabares cobrando y atendiendo pedidos.
No hay un solo niño en el lugar. Y se entiende: los niños tienen prohibido tomar café.
Dicen que la culpa fue de Goethe. Mejor dicho, de un amigo suyo. Un tal Ferdinand Runge, un bioquímico al que le pidió que investigara qué sustancia hacía que el café le quitara el sueño. Y entonces apareció el veneno: la cafeína.
Antes de Runge y antes de Goethe ya había alguien que sospechaba que el café podía ser un veneno mortal. El tipo estaba en París cuando sus padres murieron, así que tuvo que regresar rápidamente a Suecia, donde lo coronaron como Gustavo III. Buscó colaboradores, reprimió opositores y se hizo rápidamente del poder absoluto. Mientras planeaba invadir Noruega para quitársela a Dinamarca y meterse en una guerra contra Rusia, tuvo tiempo para preocuparse por la salud pública.
Estaba convencido de que el café era malo. Muy malo.
Por eso buscó a dos gemelos. Pero no a dos cualquiera: a dos que habían sido condenados a muerte. Les propuso un trato simple: cambiar la guillotina por cadena perpetua. La única condición era que uno de ellos tomara tres jarras de café por día durante el resto de su vida, y el otro, exactamente la misma cantidad, pero de té.
Buscó a dos de los mejores médicos del reino y los designó para supervisar el experimento y reportarle cada hallazgo. Mientras tanto, para que nadie quebrantara la ciencia, prohibió por decreto el consumo de café en toda Suecia.
Una noche de marzo, en la Ópera de Estocolmo, Gustavo III entró al vestíbulo cubierto con un sombrero de tres picos, una máscara y una capa veneciana. Hizo algunos saludos de ocasión y se dirigió al salón principal, donde se celebraba un baile de disfraces. Llevaba en el pecho la insignia de la Real Orden de los Serafines, lo que lo hacía trágicamente reconocible. Mientras un grupo lo rodeaba para conversar, alguien se le acercó por la espalda, sacó una pistola y apretó el gatillo. El chispazo de la pólvora le prendió fuego el traje. El rey palideció pero no cayó. Lo acomodaron en un sillón, apagaron las llamas, lo trasladaron al Palacio Real y trece días después murió. No por el disparo: por la infección de la herida.
No pudo ver los resultados de su experimento. Menos mal.
Los dos médicos de la Corona murieron mucho antes que los prisioneros. De los gemelos, el primero en fallecer —a los ochenta y tres años— fue el que tomaba té. Del que tomaba café nadie supo cuándo murió. Ni siquiera se sabe si murió.
El café sobrevivió a todos.
Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.

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