VERSOS CHINOS
Esa noche, en alguna ciudad de China, un algoritmo repartió el trabajo. Calculó distancias, tiempos, rutas. Asignó pedidos. No sabía, no podía saber, que uno de los repartidores que monitoreaba desde sus servidores llevaba en el bolsillo algo que ningún algoritmo había previsto: un segundo teléfono. Y una lapicera.
El primero iba enganchado al manillar de la moto eléctrica: un mapa con el recorrido hasta el siguiente cliente y un cronómetro que recordaba que cada minuto de retraso podía costar una multa. El segundo era para otra cosa. Cuando el semáforo se ponía en rojo, se quitaba un guante, lo sacaba del bolsillo y dictaba unos versos en una aplicación de notas. Cuando el semáforo volvía a ponerse verde, seguía su camino por las calles de Kunshan, una ciudad industrial a las afueras de Shanghái, llevando pedidos de comida. Por la noche, en su casa, se sentaba a revisar aquellas notas de voz hasta convertirlas en poemas.
Una noche la dirección estaba mal. Perdió horas buscando a un cliente que nunca apareció, recibió una penalización económica y, mientras regresaba, lo frenó un semáforo. En esa pausa antes de la luz verde, escribió unos versos en un pedazo de cartón con una lapicera que casi no escribía. Se los regaló a un amigo que los publicó en redes sociales. Man in a Hurry, se llamaba el poema. Un hombre con prisa, sería su traducción.
Había nacido en una familia campesina tan pobre que no pudo terminar la secundaria. Durante años sobrevivió como albañil, cartonero, vendedor ambulante. En 2019 pensó que repartir comida a través de aplicaciones le podía dar un buen ingreso. A los cincuenta años se convirtió en el repartidor más viejo de su barrio.
Como escritor había empezado de veinteañero enviando relatos cortos a pequeñas revistas locales. Después llegó la poesía. Su vida era demasiado acelerada para las novelas. No necesitaba un estudio ni un escritorio: alcanzaba con esperar un ascensor o un semáforo en rojo. No tenía cuaderno ni libreta. Le servían recibos, cajas de cigarrillos, pedazos de papel, su segundo teléfono. En siete años escribió más de seis mil poemas. Todos con la misma inspiración: la vida de la gente común.
Varios de esos textos se convirtieron en libro. Se llama Vuelo rasante y cuenta las historias de más de doscientos de sus colegas, los repartidores de aplicaciones.
Uno de sus versos pregunta: «¿Quién dice que extender las alas significa volar alto? Volar bajo también es volar».
Hace unos meses se conoció la lista de ganadores del Premio Lu Xun, el máximo galardón de poesía de China. Había escritores, poetas, críticos, traductores. Lo ganó él. Cuando los reflectores le apuntaron dijo que no tiene intención de dejar su trabajo: «Necesito seguir viviendo aquello sobre lo que escribo».
Se llama Wang Jibing. Es poeta. Y repartidor.
Esta noche, en algún semáforo, seguramente está esperando la luz verde.
Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.

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