ROEL MANDA SALUDOS

ROEL MANDA SALUDOS

Esta historia empieza en 1996, en Francia, y se trata de una guerra. Como siempre hay dos bandos. En uno de ellos, los integrantes ocultan sus rostros y preservan su identidad. Del otro lado está el Estado.

La primera escaramuza se produjo en Alençon. Cuando se conoció el triunfo y los motivos del ataque, el efecto fue casi instantáneo: aparecieron nuevas células en varias ciudades francesas y no tardaron en cruzar las fronteras. Bélgica, Alemania, Italia, España. El movimiento crecía sin que nadie lo viera venir. El Estado no sabía qué hacer. Por eso el gobierno francés prefirió ignorarlo.

Cuando en 1998 la alcaldía de París organizó una gran exposición sobre decoración de jardines, el Frente decidió dar un nuevo golpe. Fue una operación relámpago ejecutada al amparo de la noche: las milicias burlaron la seguridad del predio y, en pocas horas, más de ochenta cautivos fueron liberados. En el lugar del ataque no dejaron sangre ni destrozos. Solo una nota con un mensaje intransigente: «Tienen derecho a vivir en su lugar: el bosque».

Los liberados eran enanos de jardín.

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Después de París, las liberaciones se multiplicaron. Una mañana en el patio del colegio Ventadour, en Limoges, aparecieron ochenta y seis enanos de jardín. Debajo de uno de los piecitos había una carta donde se detallaban los domicilios de donde los habían liberado: la organización permitiría a los dueños reclamar sus enanos en la comisaría del pueblo. Otra mañana, once enanos aparecieron colgados bajo un puente en Briey, cada uno con un cartel que denunciaba la esclavitud ornamental.

En un jardín de la ciudad holandesa de Groningen, los dueños descubrieron que les faltaba su enano. Dentro de un sobre encontraron una nota: «Queridos dueños, estar en el jardín es un aburrimiento. Por eso he decidido marcharme a vivir aventuras por el mundo. No me quejo del trato recibido, sino que he estado pensando y creo que esto es lo mejor para todos. Un abrazo.»

El enano se llamaba Roel. Durante meses les envió postales desde las ciudades que visitaba. Siempre con el mismo encabezado: «Queridos propietarios: ¿Qué tal va todo por allí? Les envío un saludo desde aquí. Este lugar es encantador y como pueden ver la estoy pasando genial. Un saludo a todos.»

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El Estado ya no pudo ignorarlo. Una noche, cuatro hombres encapuchados entraron al jardín de la mansión de la Ministra de Justicia de Francia. Las fuerzas policiales los atraparon. Nunca se supo el verdadero nombre de los detenidos. Solo se conocieron sus nombres de guerra: Profesor, Sabio, Dormilón y Mudito. Llevaban desatornilladores. Dijeron que iban a devolver los enanos al bosque.

En el juicio, los abogados defensores plantearon una pregunta que los jueces no supieron cómo responder: ¿es posible secuestrar a un objeto que no tiene alma? ¿Puede el Estado proteger la propiedad de algo que por definición no puede ser víctima de nada? Los tribunales los condenaron por robo. Era lo más fácil.

Roel nunca dejó de mandar saludos. Hay quien dice que aparece en una escena de Amélie, la película de Jean-Pierre Jeunet, viajando por el mundo en la mochila de una azafata. Nadie lo ha podido confirmar. Tampoco desmentir.

El Frente desapareció en la niebla de su propia leyenda. Hoy, si uno camina entre los árboles del bosque de Saint-Dié-des-Vosges, todavía puede encontrar a un pequeño hombrecillo de yeso con la pintura gastada. Libre, al fin, de la dictadura del césped bien cortado y con la sonrisa que tienen los que finalmente llegaron a casa.

O eso dice el Frente.

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Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.

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