EL ARTE DE PERDER

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Esta columna podría empezar apropiándose —y torciendo un poco— un viejo poema. Algo así: “Esta es la aldea de los locos. Estos son los hombres y mujeres que viven en la aldea de los locos”. Y entonces ir agregando un nuevo elemento en cada frase. “Este es el reloj que marca el tiempo trágico de los hombres que viven en la aldea de los locos”.

Cada estrofa crece como un espiral que todo lo abarca, hasta que uno descubre que ese versito casi infantil, casi neutro… en realidad no termina nunca. Y que, tal vez, lo mejor sea volver al principio.

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Juan Forn rescató el poema y la historia en una de sus columnas de los viernes. La autora era Elizabeth Bishop. Y el hombre al que se refería en aquel poema infinito era Ezra Pound.

Pound fue un poeta vanguardista. Un poeta maldito no por su obra, sino por su cercanía al fascismo de Mussolini. Uno de esos personajes que parecen condenados a vivir atrapados en una espiral.

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La historia de Manchester, en cambio, podría contarse al revés. Una pequeña villa que llegó a ser la primera ciudad industrial del mundo. Pionera en la Revolución Industrial, célebre por sus textiles, sus fábricas y el humo que oscurecía el cielo.

Y más tarde, por su música —Oasis, New Order, Simply Red, Joy Division, The Smiths, Take That, Morrissey, The Stone Roses— y por sus dos clubes gigantes que empezaron siendo rivales de barrio y terminaron convertidos en marcas globales: el City y el United.

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Sin embargo, en septiembre de 2022 Manchester decidió hacer algo poco habitual para una ciudad marcada por su historia industrial: creó un parque. Mayfield Park. Hectáreas de verde en un territorio que antes era puro abandono.

Durante las obras reapareció uno de los ríos más importantes de la ciudad, el Medlock, que llevaba más de cincuenta años oculto bajo conductos de hormigón. Hoy vuelve a correr a cielo abierto y se ha convertido en refugio de patos, gansos, martines pescadores y otras especies.

Más de 140 árboles, humedales, praderas y jardines de lluvia completan esta “infraestructura verde y azul”, como se la nombra ahora. Un espacio pensado para la biodiversidad… y para la gente.

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El gobierno británico invirtió alrededor de 23 millones de libras para que eso existiera: para volver habitable un fragmento de ciudad que alguna vez fue el corazón de la industria textil británica, cayó en el deterioro en los años ochenta y, con el tiempo, comenzó a recuperarse como parte de un programa de regeneración urbana.

Y entonces pienso en nuestra aldea.

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Aquí los espacios verdes no nacen: desaparecen. Se achican, se borran. Se anuncian proyectos, se muestran renders impecables, se pagan consultorías carísimas… y al final gana el cemento.

Siempre el cemento. El que multiplica el valor de la tierra, encarece las viviendas y empuja a la gente hacia periferias sin servicios, sin veredas, sin árboles. Un progreso extraño, si todavía queremos llamarlo así.

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Un informe publicado en 2024 por el portal Propia —la plataforma del Colegio de Corredores Inmobiliarios de Rosario— registró 54.291 viviendas vacías en Rosario. Y, al mismo tiempo, desde 2014 nacen cada año menos niñas y niños.

Entonces la pregunta cae sola, casi infantil, casi neutra. Casi como aquel poema:

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¿Para qué construyen departamentos?
¿Para quién?

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“Un esclavo es aquel que espera que alguien venga a liberarlo”, escribió Pound.

Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.

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Crédito de la foto © Richard Bloom

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