Si París no es una fiesta, siempre tendremos Casablanca
Una amiga muy querida que vive en París me contó, días después de Navidad, que en la ciudad ya casi no se siente el espíritu navideño de otros tiempos. No lo dijo con reproche ni con nostalgia militante, apenas como quien señala un cambio en el aire. Y arriesgó una explicación: la ciudad está hecha hoy de muchas religiones y muchas formas de creer, y aquella Navidad homogénea que recordábamos parece haberse diluido en esa mezcla. No faltaban las luces ni los árboles en las vidrieras —eso siempre está—, pero algo del clima festivo parecía haberse apagado. París sigue siendo París, sólo que ahora su Navidad es apenas una más entre tantas maneras de estar en el mundo.
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En otra época este relato quizá nos habría parecido extraño, porque al fin y al cabo París siempre fue una mezcla de culturas y religiones. Pero aun así, no deja de resultar un poco fabuloso esto que pasa ahora, como si la ciudad hubiera cambiado de piel sin que nadie lo notara del todo. Tan raro —o tan distinto— como aquella otra historia que también me remite a París, y que siempre me había parecido extraña.
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La historia es bien conocida, aunque no tanto. Empieza con los acordes de La Marsellesa. Basta con fijar la mirada en la pantalla, en ese mapa en blanco y negro, y escuchar una voz mítica en off que advierte que allí hay personas “que esperan, esperan y esperan”.
La historia es fantástica, pero no del todo. Transcurre durante la Segunda Guerra Mundial, en el norte de África, donde el dueño de un bar se reencuentra con un viejo amor que ahora llega acompañada por su marido, líder de la resistencia al nazismo. Hay un jefe de policía simpatico y ambiguo, un pianista negro, soldados alemanes impecables en sus uniformes y una búsqueda frenética de visados para conseguir escapar.
Nada de eso, o casi nada, fue cierto.
O sí.
Vaya uno a saber.
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Casablanca dura 102 minutos y se estrenó en Nueva York el 26 de noviembre de 1942. La dirigió Michael Curtiz y el guion nunca estuvo terminado: los hermanos Epstein lo abandonaron a mitad de camino para irse a trabajar con Frank Capra.
“Todas las mañanas nos preguntamos quiénes somos y qué estamos haciendo aquí”, le escribió alguna vez Ingmar Bergman a una amiga.
Algo de eso parece flotar sobre la película.
Cuenta la leyenda que, por una cuestión de perspectiva, la escena final en el aeropuerto se filmó con enanos que rodeaban a Rick, Ilsa y Victor.
Y otro detalle encantador: Dooley Wilson, el pianista, no sabía tocar el piano.
Todo fue caos e improvisación, por eso que haya ganado tres premios Oscar todavía suena a milagro.
Y que uno de los Oscar fuera al mejor guion adaptado, increíble.
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Hay una escena emblemática de Casablanca: cuando Sam, el pianista del salón de Rick, interpreta “As time goes by. Max Steiner, compositor de la música original de la película, detestaba la canción.
Bogart, el galán inoxidable, medía cinco centímetros menos que Bergman, así que tuvo que usar zapatos con plataforma en las escenas en las que estaban de pie, y almohadones en la silla cuando aparecían sentados.
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Otro mito: “Tócala de nuevo, Sam”. Ni en la versión original ni en el doblaje se escucha esa frase. Lo que en realidad le dice Ilsa al pianista más famoso de la historia del cine es: “Tócala una vez, Sam, en recuerdo de los viejos tiempos”.
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Mientras París ya no es una fiesta —al menos en estos relatos que nos llegan desde lejos—, en nuestra aldea siempre nos quedará Casablanca: ese lugar que no existe, lleno de ideas delirantes, sin guion y con un montón de actores de reparto que se creen importantes. Es hora de volver al bar, acercarse al piano y pedir que toquen de nuevo una que sepamos todos. Y tal vez quedarnos, como Rick, con la mirada perdida, mientras una voz en off advierte que algunos “esperan, esperan y esperan”, hasta que alguien ordene reunir a los sospechosos de siempre hasta que alguien le pide a la orquesta que toque La Marsellesa y, como en un reflejo colectivo, las voces empiezan a levantarse por encima de las de los fanaticos.
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Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.
Gracias a quienes leen, comparten y acompañan.

Qué lindo paseo ! Entre Ingrid Bergman y Ernest Hemingway!❤️🍀🍀🍀
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