Siempre tendremos promesas
Hace algunos días hablábamos de París, esa ciudad que tiene la capacidad de hacerte creer que siempre estuvo ahí, como si los edificios hubieran nacido al mismo tiempo que el río, como si alguien los hubiera apoyado con cuidado siglos atrás y nadie se hubiera atrevido a moverlos desde entonces. Es una ilusión, claro. París también es una ciudad llena de ideas que fracasaron, de proyectos que nadie recuerda y de monumentos que estuvieron a punto de no existir. La Torre Eiffel es, quizá, el mejor ejemplo de todo eso.
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La historia oficial dice que la torre —símbolo universal de la capital francesa— toma el nombre de su constructor: Gustave Eiffel, ingeniero diplomado por la Escuela Central de París. Un emprendedor de las construcciones metálicas, con antecedentes de peso: el pilar central de la Estatua de la Libertad lleva su firma.
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Pero toda historia oficial tiene su lado B. Y acá aparece la leyenda: que la empresa de Eiffel fue la constructora, pero que el diseño no fue suyo, sino de los dos principales ingenieros de su estudio, Émile Nouguier y Maurice Koechlin. Otra versión va más lejos y asegura que Eiffel tomó la idea de unos constructores norteamericanos y obligó a sus empleados a desarrollarla a las apuradas para llegar con algo impactante a la Exposición Universal de 1889, la del centenario de la Revolución Francesa.
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Hay una tercera leyenda, acaso la más verosímil. Dice que Gustave solo quería ser famoso y millonario y que, como buen emprendedor, hizo lobby para que el Estado francés llamara a una licitación hecha a su medida. Prometía que la torre recibiría no menos de dos millones de visitantes por año, todos pagando religiosamente su entrada. Nada de eso ocurrió: apenas 150 mil personas al año se acercaban a verla, aun cuando la entrada costaba la mitad de precio y ya había ascensores. El día de la inauguración, de hecho, las autoridades y los periodistas invitados tuvieron que subir a pie hasta el tercer nivel.
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La estructura de 300 metros no le caía simpática a nadie. En una solicitada publicada en los diarios de la época, firmada por 300 artistas, se la denominaba como “ese farol callejero aquejado de gigantismo”.
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Estaba destinada a ser demolida veinte años después de su construcción. No la salvó el arte ni la belleza, sino el odio. El capitán Gustave Ferrié odiaba a las palomas mensajeras y decidió probar otra cosa. Convirtió la Torre en una estación de telegrafía sin hilos y le dio al ejército francés una ventaja estratégica inesperada. Desde allí empezaron a viajar señales de larga distancia y la Torre, casi sin darse cuenta, dejó de ser un capricho de hierro para convertirse en un punto clave de las comunicaciones modernas.
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Durante la Segunda Guerra Mundial, antes y durante la invasión nazi a París, estuvo a punto de terminar volada por los aires.
Pero esa es otra historia.
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Hace algunos años nos enteramos de otro proyecto megalómano, esta vez en pleno desierto, al noroeste de Arabia Saudí. Se llamaba The Line y costaba, en los papeles, quinientos mil millones de dólares. Su autor intelectual era Mohammed bin Salmán, el príncipe heredero, conocido como MBS.
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El concepto original, desarrollado por el estudio californiano Morphosis, proponía una franja urbana de dos kilómetros de ancho conectada por un tren. Pero el príncipe tuvo una idea mejor. “Le dije al equipo: ¿y si giramos esos dos kilómetros y los convertimos en dos torres?”, cuenta él mismo en un documental de Discovery Channel.
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Así nació la ciudad sin autos y con cero emisiones: dos muros paralelos de 170 kilómetros de largo, 500 metros de alto y 200 de ancho. Visible desde el espacio. Hogar de nueve millones de personas. El emblema del giro tecnológico de los reyes del petróleo.
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Hoy la viabilidad financiera del proyecto parece sentenciada. No logró seducir inversores extranjeros y lo único que queda es un desierto atravesado por miles de pilotes y zanjas que también pueden verse desde el espacio. Pero nadie dice nada. Nunca se sabe quién puede invitarte a pasar una noche en el lujoso Ritz-Carlton de Riad.
Pero esa es otra historia.
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Por estos lados, hace tiempo que ya nadie habla de otro gesto arquitectónico desmesurado: el diseño del brasileño Oscar Niemeyer para el Puerto de la Música. El proyecto fue presentado el 10 de octubre de 2008 por el entonces gobernador de Santa Fe, Hermes Binner.
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Era un complejo cultural monumental, pensado sobre un terreno de siete hectáreas. Una plaza pública para 30 mil personas y, sobre ella, una gran semiesfera: teatro, escuela de música, salas de exposición, restaurante, servicios. Una promesa.
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En Rosario se creó la Fundación Puerto de la Música. Se buscaron adhesiones, se lanzaron campañas de recaudación, se habló del impacto cultural. Nada de eso pasó.
Hasta 2024, cuando el proyecto volvió a aparecer. Ya no iba a ser en Rosario. Después se dijo que sería en el Parque de la Innovación. Ahora se habla de un espacio multipropósito, el Centro de la Inmersividad, bastante lejos de aquel teatro de ópera que había imaginado Niemeyer.
Tal vez era inevitable. Los proyectos cambian de nombre, de escala y de sentido. Lo que rara vez cambia es la sensación de que algo se perdió en el camino. Y que no todos perdieron lo mismo.
Pero esa es otra historia.
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Muy buen paseo. Creo que hay sociedades que tienen sueños locos y los acaban concretando; otras tienen esos mismos sueños locos que representan de entrada un fracaso total. Es que no están preparadas pero eso es otra historia🙄
ResponderEliminarGracias Lili!!! Lo que no se construye ( y no sólo me refiero al cemento) habla mucho de la época...mucho de quienes la habitan
ResponderEliminarBaigorria tiene quien le escriba. Muy bueno
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