EL ÚLTIMO QUE IMPRIME
El último que imprime
Hay una frase de Rodolfo Walsh que dice que el periodismo es libre o es una farsa. Al periodismo libre lo ejercen los que se asoman, miran, registran y cuentan. A la farsa se prestan los que se regalan, se alquilan o se venden por no asomarse.
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En esta aldea, por terquedad de algunos, el periodismo libre todavía existe. Un lugar donde ya casi nadie reconoce el sonido de una rotativa —ese ruido que pertenece a otra era— y, sin embargo, el latido sigue ahí. Sale de un galpón lejano, donde un hombre que no es periodista (no importa: escribe mejor que muchos que sí lo son) publica desde hace más de treinta años un periódico impreso.
El último.
El único.
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Se llama Fabián. No estudió periodismo. Ni falta que le hizo. Aprendió el oficio mirando. Escuchando. Quedándose cuando los demás se iban. Como se aprende en los pueblos: juntando escenas. Sabe cuándo una versión es apenas un rumor con ropa prestada y cuándo una historia mínima dice más que un discurso entero lleno de adjetivos.
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Cuando llegó internet —esa promesa de futuro que parecía iba a arrasar con todo— amplió el formato. Abrió una web, se metió en redes, aprendió a titular para pantallas que no esperan. Pero nunca dejó el papel. No por nostalgia ni por desconfianza. Por convicción. El papel obliga a elegir. El papel no admite la verborragia. Ni el arrepentimiento rápido del que borra con un clic. Lo que se imprime queda ahí, como una frase dicha en voz alta.
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Mientras tanto, otros medios eligieron el camino fácil. Dejaron de contar la vida de la aldea para repetir, como en un teatro de sombras, el libreto que baja del poder. Se volvieron previsibles. Repitieron. Callaron. Se convirtieron en pasquines obedientes, propaganda de baja intensidad, una suerte de estalinismo de pueblo chico: la misma foto, el mismo adjetivo, el mismo silencio. A cambio, claro, de unos mendrugos. No muchos. Los suficientes para dejar de ser libres.
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Fabián nunca quiso eso. Nunca pudo. No por valentía, sino porque no le sale escribir lo que no piensa. Prefiere perder un aviso antes que perder el sueño. Prefiere publicar una carta incómoda antes que un comunicado prolijo. Prefiere mirar a su familia a la cara. Y a sus vecinos.
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Su periódico, impreso y digital, funciona como una plaza. Hablan todos. Incluso los que no caen bien. Los que nadie invita. Sobre todo esos. Especialmente esos.
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Ver a un vecino pasar con el diario bajo el brazo es como ver una prueba material de que todavía es posible hacer las cosas de otro modo. Fabián no grita independencia: la ejerce. No da lecciones: imprime. Y en tiempos donde todo parece diseñado para desaparecer en segundos, insiste con ese gesto lento y testarudo de dejar algo escrito. Algo doblado. Algo impreso.
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Sabe que alguien tiene que quedarse cuidando las palabras. Aunque sea para confirmar que, en esta aldea, todavía somos capaces de leernos a nosotros mismos.
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Quizás dentro de unos años no quede ni el recuerdo del ruido de la rotativa ni el olor a tinta fresca. Pero mientras tanto, hay alguien que sigue creyendo que contar lo que pasa no es obedecer, que escribir bien no es complacer y que el papel —ese objeto incómodo, obsoleto, casi arcaico— todavía sirve para algo elemental: contar la verdad.
Aunque sea una vez por mes.
Aunque sea, en una aldea.
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Postdata: El periódico se llama La Puerta. Llega cada mes, doblada y fresca, a la mayoría de los comercios de la ciudad. Se puede conseguir gratis los primeros días, apoyada en un mostrador o cerca de la caja, como un pequeño recordatorio de que todavía hay palabras que se imprimen. Me gusta pensar en esa pila de diarios que se va achicando con las horas: es la prueba de que, aunque el mundo sea digital, la gente todavía necesita tocar la verdad con las manos para creer que es cierta.
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Texto publicado por Marcelo I. Sicoff en Crónicas desde Baigorria.
Gracias a quienes leen, comparten y acompañan.

Impresionante.....es verdad lo de los mendrugos. Casi todos se vendieron
ResponderEliminarMuy buena columna. La espero los domingos
ResponderEliminarUna porfía que hace Historia. Me alegra vivir en ésa Aldea.
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