CUANDO LEIAMOS PAREDES
Cuando leíamos paredes Acompáñenme al pasado. Síganme hasta los primeros meses de 1988. Véanme caminar por una ciudad que no es la mía. Un mundo donde no existía el ruido instantáneo de los mails ni el maremoto de las redes sociales. Yo era el cadete de una empresa en Rosario. Me ganaba la vida caminando todo el día por la ciudad, fingiendo conocer sus calles a la perfección, para poder vivir, estudiar, comprar libros y, cuando sobraba algo, ir al cine. Todavía no lo sabía, pero mientras caminaba estaba siguiendo las huellas de alguien que escribía en las paredes de la ciudad. Tanto caminar tiene sus consecuencias: uno termina mirando las paredes hasta que aprende a leerlas. En esa época las paredes eran puro texto: un griterío de afiches, grafitis y frases escritas con aerosol. Pero a mí lo que realmente me llamaba la atención eran otros escritos, más rudimentarios y personales. Estaban hechos con tiza, con ca...